Luego del nulo impacto positivo que tuvo el anuncio, con bombos y platillos, del pago cash de la deuda al Club de París, el Gobierno decidió hacer algunos “pequeños” cambios en su idea original. Pasó, en pocos días, del anuncio rimbombante (a salón lleno y aplausos de los mismos de siempre, obviooooo) del pago de la totalidad del pasivo (USD 6.700 mill. para el Gobierno, USD 7.900 mill. para el CP), cash y sin negociación, a decidir la cancelación sólo del capital y los intereses vencidos, que no llegarían a USD 4.000 mill., además de reconsiderar los términos de la operación (que ya no sería “sin condiciones”).
En dos posts anteriores (I y II) planteamos nuestra posición respecto a este tema, y sobre la bajísima probabilidad de que se produjera alguna mejora en la pésima situación financiera actual.
Mientras no exista un sinceramiento paulatino en el INDEK, un giro en la política económica hacia un modelo de trayectoria fiscal sostenible y reducción gradual de la inflación y una significativa mejora en el entorno económico y político, no hay ninguna posibilidad de mejorar las expectativas y poder retornar al mercado de capitales. Más allá de los precios de las materias primas o del TCR competitivo, cualquier modelo de desarrollo que no enfatice la necesidad de instituciones sólidas tarde o temprano terminara en colapso, como nos muestra la historia mundial en general y la argentina, tristemente, en particular. Se puede tener crecimiento por 5 o 6 años, pero nunca desarrollo en el largo plazo. A esto se suma, claro está, el, como menos, desacertado timing del anuncio, en medio del peor panorama en los mercados mundiales en la historia reciente (de hecho, en cuanto a entidades financieras esta crisis es comparada con la del 30).
Volviendo a la coyuntura, el Gobierno reincide en su costumbre de emitir señales acerca de la imprevisibilidad y del carácter errático de sus decisiones, al volver sobre sus pasos en una cuestión que se había pretendido sería un golpe de efecto que devolvería la confianza en el país. Esta decisión, sin embargo, es razonable y evidencia al menos un mínimo de racionalidad por parte del Gobierno, dado que no tiene ningún sentido borrar de un plumazo el 15% de las reservas en un contexto de derrumbe financiero a nivel global y salida de capitales de los mercados emergentes (el dólar ya escaló 5 centavos en 3 días tanto en el segmento mayorista como en el minorista). Por otro lado, sin embargo, demuestra como se toman las decisiones en el Gobierno y el grado de imprevisibilidad absoluto de las mismas, lo cual es la antitesis de lo que debieran ser políticas de mediano y largo plazo. Cuando se abonó la deuda al FMI, se sacrificó el 34% de las reservas de ese entonces. Pero el contexto era muy distinto al presente: los mercados internacionales evidenciaban una tendencia claramente alcista, al igual que las materias primas, y a nivel local la brecha del producto en la Argentina aun daba margen para el crecimiento y el optimismo en el futuro. En este sentido, y pese a las dudas planteadas en ese momento sobre la conveniencia de la medida (en términos de costo de oportunidad), el efecto fue relativamente positivo. Distinto fue el caso del anuncio del lunes de la semana pasada. La situación actual es radicalmente distinta, y esto parece haber sido advertido, tardíamente, por el Gobierno. Una vez más, la Argentina vuelve a demostrar que cuando la historia se repite, ya no lo hace como tragedia, sino como farsa.