Nota sobre la inseguridad

La inseguridad es, sin dudas, uno de los problemas más acuciantes para la sociedad argentina en la actualidad, y afecta a todos los estratos sociales. Se trata de un problema real, más allá de que es cierto que los medios tienen la capacidad tanto para “suavizar” la percepción social como para “potenciarla”. Así como Clarín, cuando tenía afinidad con el Gobierno, prácticamente no mencionaba el problema, y lo reducía a un par de delitos semanales en la sección policiales, a partir de 2008 (post conflicto con el campo), las noticias sobre crímenes y muertes comenzaron a inundar las tapas del Gran Diario Argentino.

El problema real es mucho más complejo. No es cierto que no existía antes de 2008, y tampoco es cierto que hoy no se puede salir a la calle porque es inminente que a uno lo fusilen. Los problemas en general no explotan, sino que crecen o decrecen gradualmente. Y esto es lo que, en mi opinión, ocurre con la inseguridad. Tampoco importa si es “mayor” o “menor” que hace unos años (como tanto se discute), sino que “es”.

El país vivió tres décadas de degradación social, con un fuerte aumento de la desigualdad y la pobreza extrema. Esto descompuso el tejido social, antes caracterizado por los derechos y la seguridad social universal, aunque el problema del crimen recién comenzó a notarse con mayor severidad en la segunda mitad de los 2000, cuando la primera generación que nunca vio laburar a sus padres pasó los 10 o 15 años. Es claro que en un país donde la igualdad de oportunidades y el ascenso social desaparecieron, los valores comunitarios se deterioraron, la cultura del trabajo se debilitó y millones de pibes fueron empujados a la pobreza absoluta, la inseguridad iba a aumentar, así como aumentó la violencia en todo el conjunto de la sociedad (basta ver el caos permanente de transito, las peleas en los subtes y colectivos, la violencia en las telenovelas, etc).

Sin embargo, para poder resolver un problema es preciso hacer un diagnostico lo más completo posible, evitando parcialidades o preconceptos ideológicos que nos impidan llegar al fondo de la cuestión.

Con esto me refiero, por un lado, a la ingenuidad de parte del progresismo, que ve a tipos que les disparan a embarazadas o golpean a viejos indefensos como a pobres victimas de una sociedad injusta. Esta visión, aun cuando pueda ser entendible que alguien que no tuvo oportunidades caiga en el delito, no considera que siempre hay alguna capacidad para decidir, y cae en un determinismo social muy ingenuo. Ante una misma situación, personas con similar background pueden actuar muy distinto. La visión de que la pobreza incita al delito, y que es “entendible” que alguien que no tuvo oportunidades mate a otra persona para robarle $20, es un insulto a la inmensa mayoría de desfavorecidos que busca ganarse el mango dignamente, despertándose a las 3 am, viajando como animales 4 horas por día, cartoneando (revolviendo la basura, por si no queda claro), haciendo changas o rebuscándoselas vendiendo algo (esto lo dijo la Presidenta en un excelente discurso: http://www.elpaisdehoy.com.ar/nota/3003). Muchas veces, estos laburantes son discriminados, maltratados por la policía, simplemente por su “pinta” o su color de piel. Esto hay que corregirlo, hay que generar un gran cambio en la sociedad, terminar con la discriminación y darle oportunidades de progreso a todos los que lo buscan. Considerando todo esto, es muy peligroso querer justificar el delito o resignarse a él, sólo porque la sociedad no dio oportunidades. A muchísimos no se las dio, muchísimos pasaron por situaciones tremendas, y sin embargo ahí están, peleándola, muchas veces contra la corriente. Se puede entender que alguien robe para comer, pero no que mate a palos a un viejo para robarle su miserable jubilación. El conflicto social seguramente exacerba el delito, y puede permitir entender algunos robos o hurtos, pero no puede usarse para justificar situaciones indescriptibles que sobrepasan cualquier límite. Con ese argumento, a una persona que le mataron a un ser querido para robarle dos mangos debería tener vía libre para matar a los responsables (¿qué peor para un ser humano que le maten un hijo?). Como afortunadamente vivimos en una sociedad de derecho, hay que dejar a la Justicia actuar, y no podemos permitir la justicia por mano propia bajo ningún concepto. Nada la justifica, como así tampoco nada justifica dispararle a un bebé para robar.

También hay que considerar que el delito afecta justamente a los más pobres. No es lo mismo viajar en taxi de Recoleta a Puerto Madero que esperar un bondi 45 minutos a las 4 am en Gonzalez Catán para ir a laburar. Tampoco es lo mismo vivir en Isidro Casanova en una villa que vivir protegido en una mansión de San Isidro con seguridad privada. Esto es algo que parte del progresismo tiene que entender. Un delincuente no es Robin Hood. En general, es alguien que le está robando a otro pobre, o a lo sumo a alguien de clase media, que se gana la vida con mucho esfuerzo. Los ricos están muy bien protegidos de la inseguridad.

Por otro lado, también es muy peligrosa e ingenua la visión de la “mano dura”. La mano dura nunca resolvió nada en ningún lado. Querer solucionar todo con palos es atacar las consecuencias y no las causas, con el riesgo adicional de generar situaciones al margen de la ley y violaciones a los derechos humanos. Además, sería muy peligroso darles más poder a las fuerzas de seguridad, sin una reforma profunda que garantice el control civil de las policías federal y provinciales, que evite los excesos y que asegure el respeto absoluto a la ley, el debido proceso y el derecho a la defensa de todo detenido. En resumen, uno puede reprimir mucho, pero mientras existan las causas que lo generan, el delito va a seguir en aumento. Y, en general, la van a pagar los que no tienen nada que ver.

Entonces, ¿cómo solucionamos el problema? En mi opinión, hay que atacarlo por varios frentes:

1.Reformar a las fuerzas de seguridad, rescatando a los buenos elementos y eliminando a los malos, e ir a fondo contra las redes de crimen organizado. El narcotráfico es un ejemplo. Muchas veces se castiga a un pibe que se fuma un porro, pero no se va contra los que lucran con eso. Se trata de negocios millonarios, que pueden corromper a cualquier estructura del Estado, y utilizan como mano de obra a los desfavorecidos. En lugar del trabajo y el esfuerzo, les ofrecen vicios a cambio de delinquir y proteger sus negocios, degradando los valores sociales. También hay que reformar las cárceles. En lugar de ser inhumanas universidades del delito, tienen que ser lugares de reinserción para dar a los detenidos una segunda oportunidad.

2.Atacar la pobreza y la desigualdad. Garantizar un piso mínimo y digno para todos, que asegure comida, vivienda, salud y educación, y elimine situaciones de desamparo. En este sentido, fue muy buena la implementación de la Asignación Universal por Hijo, aunque debería aumentarse y extenderse a todos. También hay que sacar a los pibes urgente de la calle, hacerse cargo de ellos en lugar de dejarlos tirados en el piso aspirando pegamento, siendo un peligro para ellos y para la sociedad, y mostrarles que existe un mundo distinto al de la droga y el delito.

3.Incrementar el presupuesto para prevención. Si bien más policías por si solo no soluciona nada, es claro que hoy por hoy faltan policías en la calle. Al menos para dar una percepción de que no hay zonas liberadas, y de que hay a dónde recurrir si uno sufre un delito. Crear corredores seguros e incrementar los patrullajes nocturnos (hoy por hoy, hasta caminar por avenidas de noche es circular por una tierra de nadie).

4.Que la Justicia cumpla su parte. No puede ser que la Policía detenga a un delincuente y la Justicia lo libere al instante. Hay infinidad de casos de asesinos que mataron a horas o días de haber sido detenidos y liberados por otros delitos. Esto se tiene que terminar. También la vergüenza de que las cárceles estén llenas de detenidos sin condenas. Hay que agilizar los procesos y asegurar el derecho a defensa, no lavarse las manos y liberar a delincuentes o mandarlos en cana sin sentencia. Esa es una de las peores violaciones a los DD.HH. Desde ya, esto no se logra sólo optimizando los recursos disponibles, sino asignando más presupuesto allá donde se lo requiera. Las causas son complejas, y las soluciones no lo son menos. Es una problemática que requiere un plan serio, con medidas de corto, mediano y largo plazo.

Ojala estemos a la altura de enfrentarla, ya que un mayor deterioro en la situación puede conducir a una fragmentación social aun mayor, que desemboque en más violencia y en falsas (y peligrosas) “soluciones” de derecha.

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