“Progresismo” y errores políticos
El Gobierno no para de sorprenderme. Nadie puede negar que K es un animal político y tiene una capacidad enorme para remontar situaciones adversas. Vale recordar que después de las elecciones de 2009 el tipo parecía estar muerto. Y menos de un año después, con la economía creciendo fuerte y él adoptando una postura más institucional (UNASUR) y menos confrontativa, su imagen empezó a mejorar notablemente. Hasta hace un par de semanas mi opinión es que tenía altas chances de ganar, sobre todo considerando las enormes dificultades de la oposición, que parece privilegiar los personalismos antes que la construcción de alternativas de gobierno. Le bastaba dejar que la economía siguiera su curso, sin que hiciera falta mucho. La supercosecha de soja, junto a Brasil importando productos argentinos a lo loco, una política fiscal ultraexpansiva y tasas de interés reales negativas (inflación alta) que desincentivan el ahorro e incentivan a gastar lo más rápido posible, iban a permitir que todo siguiera más o menos bien hasta las elecciones.
Pero, de repente, K se despachó con una ofensiva total contra Clarín y otras empresas, de la que salió mal parado, y demostró que siempre se embarra la cancha justo cuando está en su mejor momento. Nadie duda que, tratándose de grupos económicos muy poderosos, seguramente tengan cuestiones oscuras. Y hay que investigarlas, porque no hay democracia sin libertad de expresión. Ahora bien, hay ámbitos para eso (Justicia, Congreso, Comfer, etc). Lo terrible es que la guerra contra Clarín sea hoy la principal prioridad del Gobierno, en lugar de otros temas que le reclama la sociedad. Se gastan energías, recursos, tiempo, esfuerzos de funcionarios que cobran sueldos de nuestros impuestos en una pelea estéril de intereses (recordemos que Clarín fue amigo del Gobierno hasta 2008), en lugar de buscar soluciones a los problemas más graves que sufre la sociedad: la pobreza y exclusión, la inseguridad y la inflación (en ese orden). Realmente me pareció fuera de lugar que la Presidenta utilizará más de una hora la cadena nacional para pegarle a un grupo económico. Hubiera sido mucho más productivo escucharla hablar sobre los problemas más urgentes que sufre la sociedad, sobre cómo enfrentar la pobreza, cómo sacar a los pibes de la calle y la droga, cómo hacer que la gente pueda salir de la calle sin miedo a que la maten. También sería deseable que los funcionarios (que, de nuevo, cobran un sueldo pagado por todos nosotros) se dedicaran a pensar soluciones, en lugar de pelearse y putear con lenguaje impropio de la investidura en Twitter o vivir haciendo “recorridas” y rosca política.
Progresismo no es “darle voz a los excluidos”, “dignificar a los pobres” o pelearte contra Magnetto (un personaje nefasto, sin dudas). Progresismo es que los excluidos dejen de ser excluidos, que los pobres dejen de ser pobres y tengan la posibilidad de decidir su propio futuro, en lugar de depender eternamente de la dadiva y de las migajas del Gobierno de turno. Y, en esto, al Gobierno le está yendo muy mal. Desde 2006 la economía creció 20%, pero la cantidad de pobres, según datos del propio INDEK (corregidos por una inflación un poco más cercana a la realidad), es la misma. Cualquiera puede comprobarlo en la calle, si no cree en las estadísticas.
Algo anda mal en un modelo donde la economía crece a tasas chinas pero la pobreza no baja. Esto me recuerda a la década del 90, donde este flagelo se disparó. Sin embargo, hay una pequeña diferencia. Mientras en esa década crecía la desocupación, y eso explicaba parte del aumento de la pobreza, hoy la desocupación cae, pero la pobreza no. Esto quiere decir que se crean puestos de trabajo precarios, sin derechos, en negro y con sueldos que no permiten una vida digna, sobre todo con una inflación arriba del 20% anual.
Realmente cuesta creer que haya gente que se dice “progresista” y apoye a un Gobierno donde el crecimiento es altísimo pero va a parar a unos pocos (sojeros, sector financiero, crédito para consumo de la clase media alta, mineras, automotrices) y no llega a quienes más lo necesitan. En esto, se parece a la teoría del derrame de los 90, donde se creía que la expansión de algunos sectores se derramaría al resto de la economía. Evidentemente, eso no ocurrió durante el menemato. Y sigue sin ocurrir ahora.
Excelente. Che, hay muchos post buenos acá. Lástima que todos escriben con seudónimos. Un abrazo.