Subsidios y (re)distribución del ingreso

El tema de los subsidios no termina en ver si son pro-pobres, sino en ver los costos de oportunidad, o qué tan pro-pobre es en comparación con otras medidas implementables. El tema es sensible: si tenemos un problema tan grave de distribución del ingreso después de tantos años de crecimiento y eso gracias a todas estas medidas cruzadas del gobierno, el atacar las dificultades fiscales por esta vía (sumando el golpe inflacionario que acarrearía) se vuelve realmente difícil. Por eso es que hay que ver qué tan efectivo es el gasto a la hora de solucionar los problemas de distribución. Si se gasta mucho en una forma inefectiva puede que haya espacio para aumentar el impacto de la política a la vez que se preservan las cuentas públicas.

Entonces, ¿es correcto subsidiar consumos de servicios públicos? Un informe del CEDLAS (pdf) señala un par de puntos interesantes. Primero, el nivel de gasto por hogar es relativamente constante entre los distintos quintiles, pero el gasto per cápita no. De una misma conexión tiende a haber un consumo por un número mayor de personas en hogares más pobres, por temas demográficos: más gente vive en promedio en los hogares de menores ingresos. Por lo tanto, si se da un subsidio aproximadamente igual a un hogar pobre que a uno de clase media, cada integrante de la familia de clase media recibirá más en términos absolutos que los integrantes de los hogares más pobres. Además, los subsidios al consumo no atacan el problema del acceso, dado que van dirigidos a los que ya disponen del servicio. Es decir, no ayudan a integrar a más personas a las redes de cloacas, agua corriente, o gas, con el gran impacto distributivo que tienen (no pagar fortunas astronómicas por garrafas) estos cambios y todas las externalidades positivas que generan (como incrementar el nivel de salud de la población menos favorecida). Hace años que los habitantes del GBA no ven expansiones significativas en la red de cloacas.

Por supuesto, los servicios son una parte relativamente más importante del gasto total de la persona cuanto más pobre sea, por lo que no se trata de una medida regresiva. Además, hay muchos servicios que tienen externalidades muy positivas, como señala nuestro lector (¿único?) tincho. No hay que perder de vista que el transporte público está igual de subsidiado para todos (no se daría tanta diferencia en el gasto per cápita como en el caso anterior), y que si bien un aumento de las tarifas para los usuarios de la línea D sería más soportable que para los que viajan en el San Martín entre José C. Paz y William Morris, el impacto indirecto sobre la actividad y los precios sería complicado. El tema es que habría que explorar si no hay otras medidas que, con el mismo insumo de recursos, no sean decididamente mejores. Y qué uso se hace de los recursos destinados a subsidios, porque el “subsidio al transporte automotor” esconde ENORMES transferencias al transporte de cargas, que ni por asomo califica de redistributivo. Y otras cosas: si puedo redistribuir de dos maneras equivalentes, pero una hace al desarrollo de largo plazo por impulsar la adquisición de educación o salud, es claro que se preferirá la que genere otras externalidades.

Plantear esto es fundamental. En este momento los subsidios están (razonáblemente) en los ojos de todos, pero el debate no está incluyendo estas cuestiones. En el contexto actual necesitamos medidas redistributivas como necesitamos el aire. Y sin embargo la presión social no pasa por mejorar los subsidios o transferencias, sino por cuándo se eliminan.

Ah, todo esto tiene que ver con que se barrió el problema de la distribución debajo de la alfombra por tantos años que hoy ya vemos una cordillera infranqueable de mugre en el living. Parte del problema de ser un mitómano está en cómo desdecirte. El gobierno prefiere seguir ignorando la cuestión y recurrir a medidas un poco más populistas (para la clase media) pero mucho menos efectivas. Como el INDEC, pero con onda.

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