El rol del campo

Coincidimos en líneas generales con la esencia de este artículo. El campo argentino experimentó una verdadera revolución, que comenzó allá por los 70 y tuvo una notable explosión en los 90, con nuevas tecnologías (siembra directa, transgénicos, fertilizantes, etc) y nuevos modos de organización que convirtieron al agro argentino en uno de los más competitivos del mundo.

El sector hoy por hoy es muy distinto al que describían en su momento los primeros teóricos de la industrialización sustitutiva (entre los que incluimos al genial Raul Prebisch). En aquel entonces, el modelo era de una agricultura extensiva dominada por grandes propietarios, con bajísima innovación tecnológica y muy reducidos spillovers sobre el resto de la economía. Los salarios eran mínimos, al igual que la capacidad exportadora, y la Argentina sufrió durante décadas de cuellos de botella en el sector externo, que comenzaban con escasez de divisas y culminaban en agotamiento de reservas y devaluación para restaurar el equilibrio del balance de pagos (ciclos de stop & go).

La situación comenzó a cambiar primero de la mano del Estado en los 60/70, con la acción invalorable del INTA y de los técnicos que diseñaban la política para el sector (créditos blandos, acceso a maquinaria agrícola, etc), pero el salto radical ocurrió en los 90: la introducción de innovaciones (sobre todo la siembra directa) y un nuevo modelo de negocios llevaron a un aumento exponencial en el área sembrada y en las toneladas cosechadas por habitante (estas últimas pasaron de 1.2 promedio en la primera mitad de 1990 a casi 2.5 en 2008). Lo acaecido en estos años definió una nueva estructuralidad, donde el agro hizo un enorme aporte en términos de divisas (USD24.000 millones en 2008), hecho que permitió sortear sin mayores problemas la fuga de capitales más feroz de la historia reciente (USD43.000 millones desde 2007, superior en términos absolutos a la de la crisis de 2001/2002).

Como bien señala Huergo, resulta falaz argumentar que el agro es una parte pequeña de la economía nacional. Los encadenamientos río arriba (insumos, entendidos en sentido amplio) que genera son enormes: maquinaria agrícola, industria siderúrgica, servicios financieros, consultoría especializada, fertilizantes (e industria química en general), desarrollo de biotecnología, demanda de transporte, etc. Además, el campo da vida a muchos pueblos y ciudades del interior, explicando una parte no menor de la circulación monetaria en dichos núcleos. Prueba de ello es el notable parate que se observa desde el año pasado en el interior del país, realidad que a muchos de los que vivimos en la ciudad muchas veces nos cuesta vislumbrar.

Ciertamente, no se pide un libre mercado absoluto, y el Estado desde ya debería apropiarse de parte del excedente (preferentemente vía impuesto a las ganancias) para redistribuirlo en beneficio del conjunto de la población mediante, por ejemplo, mejor educación, mejor salud y, por qué no, del desarrollo de una política industrial (entendiendo por “industria” al conjunto de los sectores económicos y no sólo a la industria manufacturera) que privilegie a los sectores más dinámicos para insertarnos con inteligencia en el modelo global. Esto sólo puede hacerse con una política consensuada, que incluya a todos los actores y plantee una visión de largo plazo, con reglas claras y estables, donde dejemos de oscilar entre el fundamentalismo de mercado con un estado bobo al servicio de “la oligarquía” o situaciones inaceptables de inconsistencia dinámica donde se aumenta masivamente la presión tributaria luego de que los agentes ejecutaran una inversión que planearon en base a otro conjunto de instituciones.

Creemos, en resumen, que el campo (y todo lo que lleva asociado) representa una enorme oportunidad para la Argentina. Si sabemos aprovecharla, podría significar dejar atrás décadas de frustraciones, fracasos y estancamiento, para comenzar a transitar, por fin, el largo y arduo camino al desarrollo.

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