El legado de Nestor

Nestor Kirchner fue un hombre que despertó pasiones, amores y odios entre los argentinos. No fue un héroe que salvó al país, ni tampoco un villano que lo destruyó. Fue un hombre que tuvo aciertos y cometió errores, que la historia se encargará de juzgar y balancear, pero que hizo de la política su vida y que difícilmente pueda ser olvidado.

En estos momentos, y pasado el período de respetuoso silencio, es importante intentar reflexionar sobre algunos aspectos positivos y negativos que conforman el legado de Kirchner, tratando de evitar el fanatismo, que tan común se ha hecho entre sus partidarios y sus detractores. Sólo así podremos quedarnos con lo bueno que nos dejó, e intentar corregir lo que consideremos que hay que corregir.

Los aspectos positivos de la gestión K fueron muchos, e intentar obviarlos sería, aparte de una negación de la realidad, un acto de deshonestidad intelectual. No puede dejar de destacarse el nombramiento de una nueva (e independiente) Corte Suprema, después de la vergüenza menemista. Tampoco la recuperación del rol central de la política y la militancia, luego de una década del 90 en la que el país parecía tener que resignarse al modelo global impuesto por los países centrales, y desde EE.UU. se anunciaba el “fin de la historia”. Muchos jóvenes que jamás se habían interesado por la política lo hicieron bajo su Gobierno, y eso es muy positivo. Y ni hablar de volver a discutir los crímenes de la década del 70, luego de varios gobiernos que quisieron acallar el tema, aunque la parcialidad extrema del Gobierno y un uso político posterior conspiraron contra un proceso que podría haber unido a los argentinos a superar una etapa terrible de la historia. En el aspecto de la gestión macroeconómica, resulta difícil no considerar al gobierno de Nestor como uno de los mejores de la historia, con el período de crecimiento más largo e intenso en décadas. Mantuvo los pilares de la gestión Duhalde, privilegió la continuidad y no cayó en la tentación de otros gobiernos de destruir lo que había hecho su antecesor (esto, lamentablemente, si ocurriría a partir de 2007). Si bien el mundo lo ayudó como a ningún otro (precios de las materias primas en niveles históricos), lo cierto es que mantuvo los superávits gemelos y fue generando un importante desendeudamiento, que se prolongó durante la gestión de Cristina. Más allá de los costos que seguramente tuvo, lo cierto es que hoy la Argentina muestra niveles de endeudamiento con el sector privado y externo inéditos en tres décadas, y el problema de la deuda parecería ir quedando atrás. El manejo macro, a su vez, permitió dejar un enorme margen al país para afrontar las crisis externas y el conflicto con el campo, sin sufrir un colapso como tantas veces le ocurrió al país. También se canceló la deuda con el FMI, y nos evitamos tener que seguir con las recetas que tanto mal le hicieron a la Argentina. No puede olvidarse tampoco la estatización de las AFJP, que si bien fue criticable por sus métodos y sus fines (financiar el gasto político del Gobierno), permitió recuperar para el Estado importantes flujos y stocks de recursos, que habían quedado a merced de un fenomenal negocio financiero de un puñado de empresas y habían generado un enorme agujero fiscal al sector público desde mediados de los 90. También es destacable la nueva ley de educación, más allá de los problemas de implementación, reemplazando a la nefasta Ley Federal de Educación de los tiempos de Menem. Es muy importante también la Asignación por Hijo, aunque lamentablemente fue implementada muy tardiamente, con un ingreso muy bajo y sin ser todavía universal. Sin embargo, pese a los problemas y a que el kirchnerismo terminó implementándola en gran parte para evitarse que la oposición la aprobara en el Congreso, fue una enorme mejora respecto a la situación previa. Finalmente, mencionamos la Ley de Medios, que si bien tiene problemas y, sin control, podría ser usada por el Gobierno para incrementar su presencia en los medios, claramente es superior a la ley previa, que cede en bandeja el negocio a las corporaciones mediáticas (ver la televisión argentina inundada por Tinelli las 24hs del día realmente hace muy difícil no querer un cambio).

Entre los aspectos negativos, los más graves se vinculan con el deterioro de la situación social, la inflación y la inseguridad (en mi opinión, en ese orden). La inflación es un flagelo que afecta mucho más intensamente a los sectores de bajos recursos, dado que gastan gran parte de sus ingresos en alimentos (los productos que más aumentaron) y no tienen la posibilidad de protegerse contra la inflación, como si tienen la clase media o los ricos con inversiones financieras, inmuebles o ajustando sus ingresos en línea con la inflación (empresarios, trabajadores en blanco). Es cierto que a veces puede preferirse una inflación superior a la internacional si el resultado es más crecimiento, pero la Argentina llegó a un punto de inflación persistente por encima del 20% (2009, un año de recesión, tuvo un piso de inflación de 15%), que diluye los frutos del crecimiento. Por ejemplo, Brasil creció mucho menos que la Argentina en estos últimos años, y sin embargo logró hacer caer dramáticamente la pobreza. Nuestro país creció más, pero la inflación mantuvo la pobreza en los niveles de 2007. Si no se la ataca, será imposible mejorar la situación del 25%/30% de la población que se encuentra en situación de pobreza, por más crecimiento o planes sociales que se implementen. La inseguridad también está vinculada a la situación social. Si bien el determinismo social no existe, y la enorme mayoría de los individuos en situaciones dramáticas de pobreza y exclusión la pelea dignamente día a día, es claro que la conformación de un núcleo estructural de pobreza a partir del colapso de la Argentina a partir de 1975, profundizado en los 90 y visto en toda su magnitud en 2001/2002, generó una destrucción de valores y códigos sociales. El resultado inevitable era un aumento gradual de la inseguridad (no explosivo, como muestran algunos medios de comunicación), no por un aumento de la pobreza, sino por una destrucción de pautas de comportamiento y pérdida de cultura del trabajo, con chicos al margen del sistema que nunca tuvieron la referencia de ver trabajar a sus padres. La droga sólo empeoró esto, y hace que, si bien se discute si hay más delitos en promedio en el país, los que hay sean más violentos. Mientras no se encare la dramática situación social y se saque a los chicos de la calle para darles un futuro digno e igualdad de oportunidades, no hay forma de que esto mejore. El Gobierno permanentemente negó el problema, como si fuera una sensación. Y si bien la causa estructural (situación social) sólo puede mejorarse gradualmente, hay otras políticas para implementar, como una depuración de las fuerzas de seguridad, aumentos de presupuesto para la Justicia y confección de planes de prevención del delito junto a provincias y municipios. No hay que olvidar que la inseguridad, aunque suene paradójico, afecta más a los pobres. Es mucho más probable que le roben a un pibe que tiene que caminar 15 cuadras y esperar 30 min a la noche un colectivo en San Justo para ir a visitar a un amigo en Jose C. Paz que a un rico que se toma un taxi entre Recoleta y Puerto Madero para ir a cenar. De nuevo, la inseguridad no es culpa exclusiva de este Gobierno. Tiene sus raices en políticas que se remontan a décadas atrás, pero negar el problema mientras esté empeora si fue responsabilidad del Gobierno, al igual que destruir el sistema estadístico nacional para ocultar la inflación. Tampoco importa si hay más o menos, como suelen rebatir los que no lo consideran un problema alarmante. La realidad es que existe, independientemente de la estadística, y negarlo es algo de una gravedad extrema. Por otro lado, y aunque destacamos la recuperación de la política, también debe criticarse el fanatismo que el estilo de conducción impuso. Es muy triste ver los niveles de confrontación, y que a cualquiera que piense distinto se lo considere un enemigo o un conspirador. El debate es la esencia de la política y la democracia, y debe incentivarse, no acallarse utilizando falacias ad hominem, porque termina perdiéndose lo realmente importante, que son los argumentos.

Estos fueron algunos de los que, en mi opinión, fueron los aciertos y los errores de Nestor. Seguramente quedan muchos otros (de ambos) que por una cuestión de espacio no incluí. Como dije al principio, sería muy interesante que se planteara un debate sobre el legado de Kirchner. Que esta situación sirva para que los argentinos reflexionemos, dejemos de lado la confrontación estéril y construyamos juntos el país. Siempre va a haber diferencias, y es saludable que así sea, pero tenemos que aprender a canalizar los conflictos por otras vías, que no le generen costos al país y traben su desarrollo. Sólo así honraremos la memoria de Nestor, y su muerte no habrá sido en vano.

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